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30.ene.2018 / 09:21 pm / Haga un comentario

Este 28 de enero, cuando Cuba celebraba los 165 años fecundos del Héroe Nacional, en Venezuela jóvenes de los dos países rescataron la ruta que un día siguió el Maestro

Autor:  | internet@granma.cu 30 de enero de 2018

Marti

El presidente venezolano, Hugo Chávez, fue un profundo seguidor del pensamiento martiano. Foto: Ahmed Velázquez

Caracas.–Rompiendo la mañana, en el puerto de La Guaira, dos banderas se abrazan en una representación mientras la estatua viva de un hombre hace una pregunta: ¿cómo ver a Bolívar? Son las enseñas nacionales de Cuba y Venezuela, que danzan, ondean, conquistan almas… hasta fundir sus franjas en una despedida al que, apurado, toma la diligencia de las tres, por el antiguo Camino de los españoles, para hablar a solas con el Bolívar de bronce que desde Caracas sigue guiando a América.

Un centenar de jóvenes venezolanos y de colaboradores cubanos de la salud y del deporte se disponen a reeditar, andando, el áspero trayecto que Martí hizo, brincando lomas, para ver a El Libertador. Al despedirlos, Jorge Luis García Carneiro, el gobernador del estado de Vargas, habla de la prole fecunda del Héroe de Dos Ríos: «han ingresado a nuestras barriadas pobres, han soportado las penalidades de nuestro pueblo y no nos han abandonado».

Cubanos y venezolanos le aplauden a él y a Rogelio Polanco Fuentes, nuestro embajador en Caracas, quien agradeció la devoción hacia nuestro Apóstol y comentó que los actuales cooperantes han seguido, en el servicio a Venezuela, la ruta de Martí.

A poco inició la subida. El Camino de los españoles, que tiene 16 altos kilómetros, se llama ahora Camino de los libertadores. Seguramente, el cubano del mundo tiene que ver con eso, pero hay otros pasajes: Manuelita Sáenz se hospedó par de veces en la posada La Venta, y el propio Bolívar desafió el lomerío, de modo que la evocación martiana pudo iniciarse en plena travesía.

Muchos adolescentes van en el grupo. Su algarabía quiebra el silencio de la montaña: «juventud del psuv, aquí está, esta es…», dicen una y otra vez, pero a menudo la altura les roba el aire del canto y siguen, sofocados pero alegres. Tienen ejemplo para continuar: Gladys Requena, la respetada integrante de la Asamblea Nacional Constituyente, les acompaña en el primer trecho y no parece agotarse: «nadie se cansa en esta lucha a muerte por la Revolución, con Chávez y Maduro en mi corazón», canta levantando un coro.

La andanza por la Ruta se rescata luego de cuatro años. Caminándola, uno tiene que preguntarse qué piedras, de esas que pisa, vio Martí el 21 de enero de 1881, tras llegar a La Guaira en el barco Felicia procedente de Puerto Cabello, y qué arboles pudieron verlo a él. Uno tiene que extasiarse con el mar de pálido azul que, muy abajo y muy lejos, inundó sin dudas las pupilas del poeta. Uno tiene que decirse que sí, que pese a los calambres en ambas piernas y los tirones de atleta en declive, tiene que ir a ver a Bolívar y preguntarle, en susurros, qué le dijo aquel hijo habanero un anochecer inolvidable.

Hay sudores, fatigas, desmayos, un susto que no fue a mayores… pero cada cierto tiempo aparecen bajo los pies, para reactivar el ánimo, tramos de las finas lajas que, enterradas verticalmente, marcaron un sendero hecho a partir de las rutas de los pueblos originarios, con los bíceps forzados de los esclavos. Por eso, algunos quieren llamarle a la vía el Camino de los indios.

Es notoria la mezcla en el grupo: muchachos de la Organización Bolivariana Estudiantil, del movimiento Chamba Juvenil, universitarios, voluntarios de protección civil, doctores y profesores de Educación Física, dos funcionarios diplomáticos cubanos y este periodista. Todos hermanados en el ascenso, tal vez sin conocer en profundidad al que dijo que «Subir lomas…».

Llegando a Caracas, un monolito junta en su relieve las figuras de los dos héroes y recrea en una frase el paso del hijo cubano por esta otra patria de su corazón.

Seis meses en Venezuela le bastaron para multiplicarse en el saber y la bondad –impartió literatura, gramática francesa y oratoria, y escribió mucho– aunque solo pidió a los hijos de Bolívar «un puesto en la milicia de la paz». En carta a un amigo caraqueño, antes de dejar el país, nos dejó a todos la frase ejemplar: «De América soy hijo, a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, esta es la cuna».

Este domingo 28 de enero, cuando caminantes de Cuba y Venezuela vencieron la ruta agreste, se palpaba una búsqueda múltiple: Martí a Bolívar, los jóvenes a Martí, y Bolívar –que «murió pobre y dejó una familia de pueblos»– a todos. Ya en la tarde, en la Plaza caraqueña que lleva el nombre de El Libertador, repitieron los artistas que en La Guaira habían recreado a Martí y las dos banderas, pero con ellos estaba también Bolívar: todos escuchamos los dos himnos y varios discursos, pero también vimos, al lado del Maestro cubano, la presencia de un Bolívar de carne y hueso. Juntos, es fácil imaginar qué conversaron los dos.

 

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